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lunes, 26 de diciembre de 2016

#Colombia: Sí es posible el cambio de paradigma



Es crucial el opúsculo de Kant titulado “la paz perpetua”, que en la adaptación al contexto actual colombiano es la búsqueda de una negociación política que logre parar el conflicto armado y la degradación de la sociedad en el marco de una guerra prolongada.

Rubiel Vargas Quintero
El paradigma de una época imbuida en la violencia política, con la instauración de la violencia bipartidista como instrumento para la repartición del poder político por parte del bipartidismo con una ideología común: anticomunista, antisubversiva y la concepción del enemigo interno dentro de la Doctrina de la Seguridad Nacional, que redefinió el esquema “amigo-enemigo”.
El enemigo político es un enemigo público, no privado. Es un hostil, que puede amenazar la propia existencia. Según Karl Schmitt “el enemigo político es el enemigo real”, esto conduce a criminalizar al enemigo, y por lo tanto a su eliminación total. Esta perspectiva antagónica “enemigo – amigo” conlleva a la destrucción, al odio irracional, a generalizar una racionalidad criminal.
La aniquilación total del enemigo implica la propia desaparición de lo político, el exterminio de la oposición sin ningún criterio de reconocimiento de las causas del conflicto. El conflicto colombiano obedece a cuestiones políticas, económicas y sociales, determinadas por una concepción sobre el Estado, el poder, la apropiación excluyente de la riqueza, la concentración de la propiedad de la tierra, la falta de democracia, la persecución política y la exclusión social, entre otras.
El enemigo que se identificó primero se encontraba en las zonas agrarias y después se desplazó al sector urbano, que sirvió como argumento para la negación de una apertura democrática, de participación política y reafirmó la exclusión del otro frente a sus derechos reivindicatorios sociales y económicos.

La paz perpetua

En el pensamiento acerca del conflicto, la guerra y la paz, frente al conflicto armado en Colombia y su terminación, es crucial el opúsculo de Kant titulado “la paz perpetua”, que en la adaptación al contexto actual colombiano es la búsqueda de una negociación política que logre parar el conflicto armado y la degradación de la sociedad en el marco de una guerra prolongada. El filósofo propone un llamado a la razón para borrar por completo las causas existentes de una futura guerra posible, que es la razón quien toma las decisiones sobre una comunidad política que contraste el ánimo guerrerista de los hombres de estado.
En este marco, la paz es concebida como el fin de todas las hostilidades, es un imperativo moral que se impone por sí mismo ante la razón, bajo el imperativo categórico “no debe haber guerra”. Así, la razón condena la guerra como una situación infame de la humanidad y convierte la paz en un deber moral. Kant insiste: “Que un pueblo diga: no quiero que haya guerra entre nosotros; vamos a constituirnos en un Estado, es decir, a someternos todos a un poder supremo que legisle, gobierne y dirima en paz nuestras diferencias, es comprensible”. Que un pueblo diga esto, es una decisión política correcta en un estricto sentido ético.
La decisión que se asuma en el marco de los acuerdos de La Habana es una decisión ética, la disposición correcta que se tome es una práctica moral, es la única sabiduría práctica, según lo cual debemos obrar para la construcción de una sociedad éticamente viable. La prolongación de la guerra produce degradación en la sociedad que ha dejado más de 220.000 muertos, ocho millones de víctimas, seis millones 900 mil desplazados, 45 mil desaparecidos, el despojo de 4.2 millones de hectáreas a campesinos. Por fuera de las estadísticas se puede encontrar otro aspecto de la degradación de la sociedad, la ética social. Se necesita un nuevo sistema ético. Lo acordado en La Habana brinda la oportunidad histórica de salir de la barbarie que genera la guerra, de la muerte, masacres y nos permite reconstruir el país desde la democracia, la tolerancia, el respeto y la inclusión social.

Cambio de paradigma

El cambio de paradigma significa el cambio de la mentalidad o racionalidad criminal, de la racionalidad del odio y todo problema social que busca su resolución a través de la justicia de la venganza por uno más coherente. Probablemente el uso más común de un nuevo paradigma, implique el concepto de “cosmovisión de comunidades como conjunto de experiencias, de vivencias, de valores, su cultura en comunidad y su contexto histórico, formas de asumir el buen vivir, vida en armonía con la naturaleza, entendido como la plenitud de la vida en comunidad en relación con la naturaleza, es el bienestar en comunidad. El cambio de paradigma que marca un cambio que determina la forma organizativa de una sociedad y cómo interpreta su propia realidad.
Se sientan las bases para la trasformación del campo, que ha sido uno de los ejes fundamentales de los acuerdos de La Habana y se crean las bases de un bienestar y buen vivir para los campesinos, las relaciones campo-ciudad, y la erradicación de la pobreza.
Es la oportunidad para que el país propicie el surgimiento de unas nuevas élites políticas sin corrupción de la mafia política, un sistema político incluyente, la creación de nuevos partidos y movimientos políticos, de movimientos sociales aislados, que han sido excluidos, el retorno a una política social y democrática que desarrolle políticamente lo correcto, el bien común.
El sistema se ha basado en un ordenamiento de exclusión social, que tiene como principio la negación de oportunidades. La construcción del tejido social entendido como aquello que pertenece a una comunidad, con rasgos identitarios, con una misma cultura, con una misma tradición, con principios de solidaridad, con respeto a lo diverso. Son algunas transformaciones que el país necesita para generar una nueva mentalidad ética para la convivencia en comunidad.

lunes, 5 de diciembre de 2016

Daniel Santos: cantos de libertad para Puerto Rico



El 5 de febrero de 2016 se cumplieron cien años del nacimiento de Daniel Santos, el célebre cantante de agrupaciones como la Sonora Matancera y el Cuarteto Flores. El Jefe o El Inquieto Anacobero, como era conocido en los escenarios musicales de América Latina, gozó de un amplio reconocimiento, en especial desde la década de 1940, gracias a su potente voz y a su destreza para moverse en géneros musicales como el bolero y la guaracha. No obstante, existe un aspecto poco advertido de su vida, que no fue de menor valía: su militancia en el movimiento independentista de Puerto Rico y su simpatía por algunos procesos políticos y líderes revolucionarios de la región. Esto, que se reflejó a través de la música y el activismo político, merece ser resaltado, en el marco de la fecha que evoca su nacimiento.
Yo quisiera una bandera
Daniel Santos nació en San Juan en febrero de 1916, en el seno de un humilde hogar. Desde muy joven se vio abocado a trabajar en diversas labores, al tiempo que se dedicaba con inusitado interés al canto, lo que le valió para ser “descubierto” y tenido en cuenta en diversas agrupaciones menores. Con el paso del tiempo, y de la mano de la portentosa voz que lo acompañaba, recaló en conjuntos de reconocida importancia. El compositor Pedro Flores, resaltan algunos biógrafos, fue decisivo en la suerte de Daniel, no solo porque le dio la oportunidad de probarse como cantante en su agrupación a comienzos de los años cuarenta, sino porque puso parte de su repertorio musical (Despedida, Irresistible, Linda, entre muchas más) a su disposición. El culmen de la trayectoria musical de El Jefe fue su arribó en 1948, a la más importante orquesta del Caribe de la época: la Sonora Matancera.
A la par de la trayectoria musical, se gestó en el cantante boricua un profundo sentimiento nacionalista que se fundamentó en el reconocimiento de que su lugar de origen era una colonia de Estados Unidos, a la que se le negaba el derecho hasta de tener una bandera propia. Ese sentimiento generó en Daniel una actitud de rechazo a la presencia de la potencia del norte en los destinos de Puerto Rico, convirtiéndolo en un apasionado promotor de la independencia de la isla. Además, un hecho vivido de forma directa por él, fortaleció sus posturas independentistas: en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, fue alistado, al igual que muchos jóvenes nacidos en Puerto Rico, en las tropas de EEUU, y enviado a una guerra que le era ajena. 
A su regreso a Puerto Rico, Daniel Santos grabó junto a Pedro Ortiz Dávila un LP titulado Los Patriotas, con canciones que cuestionaban la injerencia de Estados Unidos en los asuntos de la isla, y que llamaban a los puertorriqueños a luchar por la independencia. De las doce canciones, seis son autoría de Daniel Santos: Soldados de la Patria, Mi Patria es mi Vida, Yankee Go Home, Protesto, Los Tres Mosqueteros, Mi Credo. En Soldados de la Patria el anhelo de la independencia de Puerto Rico es evidente:
Estas dos voces que están cantando, 
por todo el mundo piden la ayuda
para su lucha por libertad,
porque esta tierra no se regala 
y no se vende, ni se permuta,
jamás se presta y no se da.
La conciencia de la doblegación de Puerto Rico se expresó en Daniel Santos también en el activismo político. Como lo resalta Josean Ramos, uno de sus biógrafos, después de la Segunda Guerra Mundial, Daniel se convirtió en seguidor del Partido Nacionalista de Puerto Rico, fundado por el líder Pedro Albizu Campos. Desde entonces, el cantante no escondió su abierta militancia en la causa independentista, la cual continuó plasmando en sus composiciones musicales. En 1960 grabó en compañía de Mike Hernández un disco con canciones cuyas letras reflejaban su postura frente a la situación de Puerto Rico. Los temas, todos de su autoría, tienen los siguientes títulos: La masacre de Ponce, Yo quisiera una bandera, Ayúdame paisano, Himno y bandera, Pobre jibarito, Viva mi bandera, Liberación, Esto es mío, De Diego, Betances y Don Pedro, Gloria incompleta, Un paso adelante y El grito de Lares.
Además de canciones, Daniel Santos también fue autor de varios manifiestos políticos que alimentaron el ideario de un grupo clandestino fundado por él en 1972 con el nombre de “Patriotas Puertorriqueños”. Estos documentos, descubiertos recientemente, ponen de manifiesto que Daniel Santos fue, además de artista, un individuo con ideales políticos relacionados con la situación de Puerto Rico, postura que mantuvo hasta sus últimos días, y que siempre le acarreó problemas con el FBI, el Departamento de Estado de Estados Unidos y con el Cuerpo de Investigaciones Criminales (CIC) de Puerto Rico.
Dale la mano a tu hermano
El anhelo independentista de Daniel Santos lo llevó a mirar con simpatía procesos revolucionarios que ocurrían en países de la región. Esto se plasma en múltiples canciones que compuso y cantó, por ejemplo, a favor del proceso cubano, contra la ocupación de Estados Unidos de República Dominicana en 1965 y a favor del proceso panameño de Omar Torrijos. Entre las canciones más destacadas figuran Sierra Maestra (que se convirtió en una especie de himno del Movimiento 26 de Julio de Cuba), Que me pongan en la lista (grabado con la orquesta del cubano Orestes Santos en 1960) y Si Fidel es comunista, en donde se cantan cosas como las siguientes: “Si las cosas de Fidel/ son cosas de comunistas/ que me pongan en la lista/ que estoy de acuerdo con él”. A propósito del triunfo cubano de 1959, Daniel Santos escribió Levanta Borinquén, donde le recuerda a sus compatriotas que allí tienen ellos un ejemplo para imitar: “No ruegues más Borinquen con palabras/ no ruegues más tu ansiada libertad/ levanta y glorifica tu bandera/ que el mundo está cansado de esperar/ Si Cuba con valor fue a la manigua, tú puedes irte al campo y el manglar/ Olvídate del dicho de la antigua/Que nada ya se saca con hablar”.
A raíz de la invasión de Estados Unidos a República Dominicana en 1965, Daniel compuso ¡Despierta, dominicano!, canción que generó profundos sentimientos de dignidad y movilizó el deseo de justicia en pobladores de la isla ocupada y de la región:
¡Despierta dominicano!; 
¡despierta, que amaneció! 
Dale la mano a tu hermano para que reine la unión; 
para que respeten tu bandera, 
para que respeten tu Nación.
También cantó Daniel Santos al proceso político que se abrió con la presencia del General Omar Torrijos en Panamá en 1968. Se recuerda que el cantante boricua compuso doce canciones bajo el título de “Revolución”, grabadas con la orquesta de la Guardia Nacional de Panamá en 1969. Las canciones se titulan La revolución, El campesino, Felicidad para todos, Su amigo el guardia, El abarrotero, El pescador, 11 de octubre, Chorrillo y marañón, El indio y la revolución, That old revolución, Inmaculado corazón y La noticia. También escribió una canción en honor a Camilo Torres Restrepo luego de su muerte ocurrida en 1966, y cuya letra dice: “Murió cual mueren los héroes que quieren a su patria de verdad y dan el todo por nada contra toda adversidad. Hombre de honor y coraje, roca de la lealtad, sufriendo sin inmutarse la injuria, la calumnia y la maldad”.
Como es apenas comprensible, las expresiones abiertas de nacionalismo y rechazo a la intromisión de Estados Unidos en la región, le acarrearon a Daniel Santos problemas. Se recuerda, por ejemplo, su expulsión de Costa Rica en 1960, en el marco de la VI Reunión de Consulta de los Ministros de Relaciones Exteriores de la Organización de Estados Americanos (OEA), cuando pretendió cantar en un acto de simpatía a la delegación cubana que se prestaba a participar en el evento. No obstante, ni este tipo de sanciones ni el sentirse expiado (como de hecho lo fue) por organismos de seguridad de Puerto Rico o Estados Unidos, hicieron que el cantante boricua renunciara a sus deseos de ver a su isla convertida en una nación independiente y con una propia bandera.

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