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domingo, 21 de diciembre de 2014

Otra vez Fidel tuvo razón



Carlos Aznárez.

Nadie sabe más que el pueblo cubano a la hora de enfrentar a un Imperio. Por eso esta victoria lograda con la recuperación de los tres héroes antiterroristas, a cambio de la liberación de un espía de la CIA (dos, nota de este blog) es un paso fundamental a la hora de graficar su paciencia, su tenacidad y por último la dignidad en la defensa de principios.

Al igual que ocurriera con el caso del niño Elián González, en que Fidel puso a todo el pueblo de pie y transmitió esto mismo a los defensores de la Revolución fronteras afuera, la iniciativa movilizadora impulsada por él en un histórico discurso (“Volverán”, sentenció) y en esta última etapa por Raúl, ha dado sus frutos.

Preguntémonos cuántas movilizaciones y actos de todo tipo han realizado las mujeres y hombres de Cuba por la libertad de los Cinco. Más aún, cuánto de ese espíritu solidario sirvió para contagiar a los pueblos del mundo, y hacer que se sumen activamente al mismo reclamo.

Esa conjunción de Pueblo más Fidel más solidaridad internacional ha sido fundamental a la hora de demostrarle primero a los Bush, luego a Clinton y por último a Obama que cuando “golpean a uno de nuestro lado, nos golpean a todos”, y así derrotar unitariamente la inmensa maquinaria de mentiras puesta en marcha desde el 12 de septiembre de 1998, cuando los Cinco fueron detenidos, encarcelados y bochornosamente “juzgados” por los enemigos de Cuba.

Lo ocurrido ahora es parte de una encarnizada Resistencia. La misma que se puso en marcha hace ya casi 56 años cuando el pueblo de Cuba y su dirigencia decidieron hacer una Revolución profunda, sin retaceos de ninguna índole. Un proceso liberador que caminara hacia el Socialismo. El Imperio contestó con su peor rostro y pensó que esa pequeña Isla a escasas 200 millas de su brutal poderío militar iba a naufragar frente al más criminal de los bloqueos. Si eso no alcanzara, allí estaba el recurso de la invasión militar para convencerlos y ponerlos en línea.



Fracasaron una y mil veces. Fueron derrotados en el Escambray, en Bahía Cochinos y en Playa Girón. Tampoco pudieron cuando borraron a Cuba de los foros internacionales, o reteniendo por la fuerza a Elián y menos cuando decidieron tomar como rehenes a Gerardo, Antonio, Fernando, René y Ramón.

Al Imperio en su soberbia, le faltó entender que cuando un pueblo está dotado de una conducción revolucionaria (con Fidel y Raúl la ventaja en ese sentido es enorme), posee la fortaleza ideológica que da el haber ido construyendo el Socialismo durante más de medio siglo y además ha sabido llegar con su ejemplo a los corazones de todos los pueblos de Latinoamérica y el mundo, no hay enemigo invencible.

Por eso, toda Cuba festeja en la calle la recuperación de sus 5 héroes y la alegría que este hecho provoca se extiende como reguero de pólvora. Sólo bastaba ver este glorioso miércoles 17 de diciembre los rostros de los millones de amigos que la Isla de la dignidad tiene en todos los sitios del planeta, o el de los mismos presidentes que estaban reunidos en Entre Ríos tratando de darle más bríos al Mercosur.



Con los Cinco en casa junto a sus heroicos familiares (ellos también jugaron un rol más que destacable), con las relaciones diplomáticas entre los dos países nuevamente restablecidas después de tantos años de asedio gringo, ahora sólo falta el levantamiento del bloqueo. El genocida Obama (que hoy muestre su rostro concesivo no nos debe hacer olvidar con qué clase de personaje hay que lidiar) tendrá que convencer a sus halcones de que este sin sentido ya no va más. Se los viene diciendo en los últimos meses hasta su propia prensa en las páginas del New York Times. Lo susurran sus empresarios, apurados por hacer negocios con Cuba frente a la competencia europea y ahora el avance inversor de China. El bloqueo ha sido un total y absoluto fracaso. Cuba sigue de pie y ha vuelto con fuerza a todos los estamentos de integración latinoamericana.

Por todo ello, si en el tiempo que ahora viene, finalmente la nación cubana terminara de acertarle la estocada final al bloqueo, habrá quedado claro a los ojos del mundo que una vez más la vida pudo con la muerte. Por supuesto que el Imperio lo seguirá intentando, desde ya que el pueblo cubano y su conducción revolucionaria deberán estar alertas frente a la invasión cultural, turística y económica que se avizora (hasta el energúmeno John Kerry ya se ha anotado primero en la lista de visitantes a la Isla), pero esa será otra batalla. Por ahora, a seguir festejando y gritando “Volvieron”. “Viva Cuba”, “Viva Fidel”, “Viva Raúl”. 




jueves, 11 de diciembre de 2014

El pavor de los super-ricos: la desigualdad y los grandes impuestos




 Está causando furor entre los economistas y lectores de asuntos económicos, y principalmente pánico entre los muy ricos, un libro de 976 páginas escrito en 2013 que se ha convertido en un verdadero best-seller. Se trata de una obra de investigación de uno de los más jóvenes (43 años) y brillantes economistas franceses, Thomas Piketty, que abarca un periodo de 250 años. El libro se titula Le capital au XXIe siècle (Seuil, Paris 2013). Aborda fundamentalmente la relación de desigualdad social producida por herencias, ingresos y principalmente por el proceso de acumulación capitalista, teniendo como material de análisis particularmente a Europa y Estados Unidos.
La tesis de base que sostiene es: la desigualdad no es accidental sino el rasgo característico del capitalismo. Si la desigualdad persiste y aumenta, el orden democrático estará fuertemente amenazado. Desde 1960, la participación de los electores en Estados Unidos disminuyó del 64% (1960) a poco más del 50% (1996), aunque haya aumentado últimamente. Tal hecho deja ver que es una democracia más formal que real.
Esta tesis, sostenida siempre por los mejores analistas sociales y repetida muchas veces por el autor de estas líneas, se confirma: democracia y capitalismo no conviven. Y si aquella se instaura dentro del orden capitalista, asume formas distorsionadas e incluso rasgos de farsa. Donde entra, establece inmediatamente relaciones de desigualdad lo cual, en el dialecto de la ética, significa relaciones de explotación y de injusticia. La democracia tiene como presupuesto básico la igualdad de derechos de los ciudadanos y el combate a los privilegios. Cuando la igualdad es herida, se abre espacio al conflicto de clases, a la creación de élites, a la subordinación de grupos enteros, a la corrupción, fenómenos visibles en nuestras democracias de bajísima intensidad.
Piketty ve a Estados Unidos y Gran Bretaña, donde el capitalismo triunfa, los países más desiguales, lo que es confirmado también por uno de los mayores especialistas en desigualdad, Richard Wilkinson. En Estados Unidos los ejecutivos ganan 331 veces más que un trabajador medio. Eric Hobsbawn, en una de sus últimas intervenciones antes de su muerte, dice claramente que la economía política occidental del neoliberalismo “ha subordinado deliberadamente el bienestar y la justica social a la tiranía del PIB, al mayor crecimiento económico posible, deliberadamente desigualitario”.
En términos globales, citemos el valiente documento de Oxfam Intermón enviado a los opulentos empresarios y banqueros reunidos en Davos en enero de este año como conclusión de su informe “Gobernar para las élites, secuestro democrático y desigualdad económica“: 85 ricos tienen el mismo dinero que 3.570 millones de pobres del mundo.
El discurso ideológico lanzado por esos plutócratas es que tal riqueza es fruto de activos, de herencias y de la meritocracia; las fortunas son conquistas merecidas como recompensa por los buenos servicios prestados. Se ofenden cuando son señalados como el 1% de ricos frente al 99% de los demás ciudadanos, pues se imaginan ser los grandes generadores de empleo.
Los premios Nobel J. Stiglitz y P. Krugman han mostrado que el dinero que recibieron de los gobiernos para salvar sus bancos y empresas no han sido empleados para la generación de empleo. Entraron en la rueda financiera mundial que rinde siempre mucho más sin necesidad de trabajar. Y aún hay 21 billones de dólares de 91 mil personas en los paraísos fiscales.
¿Cómo va a ser posible establecer relaciones mínimas de equidad, de participación, de cooperación y de democracia real cuando se revelan estas excrecencias humanas que se hacen sordas a los gritos que suben de la Tierra y ciegas a los sufrimientos de millones de co-semejantes?
Volvamos a la situación de desigualdad en Brasil. Nos orienta nuestro mejor especialista en este área, Márcio Pochmann (véase también Atlas da exclusão social – os ricos no Brasil, Cortez, 2004): veinte mil familias viven de la colocación de sus riquezas en los circuitos financieros, por lo tanto ganan a través de la especulación. Continúa Poschmann: «el 10% más rico de la población impone, históricamente, la dictadura de la concentración, pues alcanza a responder por casi el 75% de toda la riqueza nacional. Mientras que el 90% más pobre se queda solo con el 25%» (Le Monde Diplomatique, octubre 2007).
Según datos de organismos económicos de la ONU de 2005, Brasil era el octavo país más desigual del mundo. Pero gracias a las políticas sociales de los dos últimos gobiernos, dígase honrosamente, el índice de Geni (que mide las desigualdades) pasó de 0,58 a 0,52. En otras palabras, la desigualdad, que sigue siendo enorme, bajó un 17%.
Piketty no ve un camino más corto para disminuir las desigualdades que la severa intervención del Estado y la aplicación de impuestos progresivos sobre la riqueza hasta en un 80%, lo que horroriza a los super-ricos. Son sabias las palabras de Eric Hobsbawn: «El objetivo de la economía no es la ganancia sino el bienestar de toda la población; el crecimiento económico no es un fin en sí mismo, sino un medio para dar vida a sociedades buenas, humanas y justas».

Y como gran final la frase de Robert F. Kennedy: «el PIB incluye todo, menos lo que hace que la vida valga la pena».

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